sábado, 26 de febrero de 2011

El Gran Cuaderno



La abuela nos pega a menudo con sus manos huesudas, con una escoba o un trapo mojado. Nos tira de las orejas, nos da tirones del pelo.
Otras personas también nos dan bofetadas y patadas, no sabemos muy bien por qué.
Los golpes hacen daño, nos hacen llorar.
Las caídas, los arañazos, los cortes, el trabajo, el frío y el calor también son causa de sufrimiento.
Decidimos endurecer nuestro cuerpo para poder soportar el dolor sin llorar.
Empezamos por darnos bofetadas el uno al otro, después puñetazos. Viendo que llevamos la cara tumefacta, la abuela nos pregunta:
—¿Quién os ha hecho esto?
—Nosotros mismos, abuela.
—¿Os habéis pegado? ¿Por qué?
—Por nada, abuela. No te preocupes, es un ejercicio.
—¿Un ejercicio? Estáis completamente chiflados. Bueno, si eso os divierte...
Vamos desnudos. Nos golpeamos el uno al otro con un cinturón. Nos vamos diciendo, a cada golpe:
—No ha dolido.
Nos golpeamos fuerte, cada vez más y más fuerte.
Pasamos las manos por encima de una llama. Nos cortamos con un cuchillo el muslo, el brazo, el pecho, y nos echamos alcohol en las heridas. Cada vez, nos decimos:
—No ha dolido.
Al cabo de un cierto tiempo, efectivamente, ya no sentimos nada. Es otro quien siente dolor, otro el que se quema, el que se corta, el que sufre.
Nosotros ya no lloramos.
Cuando la abuela está enfadada y grita, le decimos:
—No grites más, abuela, y péganos.
Y cuando ella nos pega, decimos:
—¡Más, abuela! Mira, ponemos la otra mejilla, como dice en la Biblia. Péganos en la otra mejilla, abuela.
Ella responde:
—¡Idos al diablo con vuestra Biblia y vuestras mejillas!



"Le Grand Cahier" (Extracto)
Agota Kristof, 1986

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Juan Salvador Gaviota



-¿Dónde están los demás, Rafael? -preguntó en silencio, ya bien
acostumbrado a la cómoda telepatía que estas gaviotas empleaban en lugar de graznidos y trinos-. ¿Por qué no hay más de nosotros aquí? De donde vengo había...
-... miles y miles de gaviotas. Lo sé. -Rafael movió su cabeza afirmativamente-. La única respuesta que puedo dar, Juan, es que tú eres una gaviota en un millón. La mayoría de nosotros progresamos com mucha lentitud. Pasamos de un mundo a otro casi exactamente igual, olvidando en seguida de donde habíamos venido, sin preocuparnos hacia donde íbamos, viviendo solo el momento presente. ¿Tienes idea de cuántas vidas debimos cruzar antes de que lográramos la primera idea de que hay mas en la vida que comer, luchar. o alcanzar poder en la Bandada? ¡Mil vidas, Juan, diez mil! Y luego cien vidas más hasta que empezamos a aprender que hay algo llamado perfección, y otras cien para comprender que la meta de la vida es encontrar esa perfección y reflejarla. La misma norma se aplica ahora a nosotros, por supuesto: elegimos nuestro mundo venidero mediante lo que hemos aprendido de éste. No aprendas nada, y el próximo será igual que éste, con las mismas limitaciones y pesos de plomo que superar.




"Juan Salvador Gaviota" (Extracto)
Richard Bach, 1970

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miércoles, 24 de febrero de 2010



Un hombre caminaba tranquilamente por un sendero. Se detiene al ver a un campesino sentado en la verja observando una vaca negra y una blanca pastando en un prado.
Pregunta casualmente:
-Y, ¿Comen bien las vacas?.
A lo que el campesino responde:
- Depende, ¿cuál de ellas?
- La negra
- Sí. La negra come bien.
Y curioso, inquiere:
-¿Y la blanca?
-También.
Un momento más tarde y esta vez algo confundido, pregunta:
-Y, ¿Dan buena leche las vacas?
-Depende, ¿Cuál de ellas?.
-La negra.
-Sí. La negra da buena leche.
-¿Y la blanca?
-También.
Finalmente luego de reflexionar, se resuelve a decir:
-Pero, ¿Por qué me pregunta cuál de ellas?
-Ah, porque la negra es mía.
-¿Y la blanca?
-También.

El Círculo de los Mentirosos
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sábado, 13 de junio de 2009

Punto Azul Pálido


“Mira de nuevo ese punto. Eso es ‘aquí’. Eso es casa. Eso es ‘nosotros’. Sobre él, todo aquel que amas, todo aquel que conoces, todo aquel del que has oído hablar, cada ser humano que ha existido, y que vivió su vida. La suma de nuestra alegría y sufrimiento, los miles de religiones, ideologías y doctrinas económicas seguras de sí mismo, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de la civilización, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, cada niño esperanzado, inventor y explorador, cada maestro de moral, cada político corrupto, cada ‘superestrella’, cada ‘líder supremo’, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie vivió ahí, en una mota de polvo suspendida en un rayo de luz del sol.

La Tierra es un escenario muy pequeño en una vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre derramada por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades infligidas por los habitantes de una esquina de ese pixel sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra esquina; lo frecuente de sus incomprensiones, lo ávidos de matarse unos a otros, lo ferviente de su odio.

Nuestras actitudes, nuestra imaginada arrogancia, la ilusión ficticia de que tenemos una posición privilegiada en el Universo, son desafiadas por este punto de luz pálida. Nuestro planeta es una mota solitaria de luz en la gran oscuridad cósmica que nos envuelve. En nuestra oscuridad, en toda esta inmensidad, no hay ni un indicio de que la ayuda llegará desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos.

La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, de momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos.

Se ha dicho que la Astronomía es una experiencia de humildad y construcción del carácter. Quizá no hay mejor demostración de la necedad de los prejuicios humanos que esta imagen distante de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros de una forma más bondadosa, y de preservar ese punto azul claro, el único hogar que jamás hemos conocido."




"Pale Blue Dot"
Carl Sagan, 1994

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Lo que nos susurra el viento...

Todos tenemos los mismos padres, Madre Tierra y Padre Sol. Así que las nubes y los pájaros que hay en ellos, el agua de los ríos y los peces que hay en ellos, las montañas y las rocas que hay en ellos, son nuestros hermanos. Puede que los blancos os riáis cuando nosotros, los hombres de la tierra, hablemos con nuestros hermanos. Y puede que también os riáis de ésto: nuestras hermanas piedras y serpientes, nuestro hermano viento y nuestra hermana nube hablan con nosotros. Así que no debe haber enemigos, porque, ¿cómo pueden los hermanos ser enemigos? Por eso no hay palabra para eso en nuestro idioma. Cuando vuestros antepasados llegaron a nuestro país, cuando mataron a nuestros hombres y violaron a nuestras mujeres, incendiaron nuestros pueblos y arrasaron nuestros campos, no los llamamos "enemigos". Los llamamos Amo iknikli, que significa "los hermanos que no quieren ser nuestros hermanos".




"Lo que nos susurra el viento" (Extracto)
Xokonoschtletl, 1998

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miércoles, 19 de noviembre de 2008

Suicidio


...Era una criatura bonda- dosa, encerra- da desde su infancia en el estrecho círculo de las ocupa- ciones domésti- cas, de un trabajo siempre igual, que no conocía otros placeres que los de ir algunas veces a pasearse los domingos por los contornos de la ciudad con sus compañeras, engalanada con la ropa que poco a poco había podido adquirir, o bailar una sola vez en las grandes fiestas, y charlar algunas horas con una vecina, con toda la vehemencia del más sincero interés, sobre un chisme o una disputa. El ardor de su juventud le hace experimentar deseos desconocidos, que aumentan con las lisonjas de los hombres; sus antiguos placeres llegan paso a paso a serle insípidos; al cabo encuentra a un hombre hacia el cual le empuja con incontrastable fuerza un sentimiento nuevo para ella, y fija en él todas sus esperanzas; se olvida del mundo entero, nada oye nada ve, nada ama sino a él, sólo a él; no suspira más que por él, sólo por él. No está corrompida por los frívolos placeres de una inconstante vanidad, y su deseo va derecho a su objeto: quiere ser de él; quiere, en una unión eterna, encontrar toda la dicha que le falta, gozar de todas las alegrías juntas al lado del que adora. Promesas repetidas ponen el sello a todas sus esperanzas; atrevidas caricias aumentan sus deseos y sojuzgan su alma por entero; flota en un sentimiento vago, en una idea anticipada de todas las alegrías; ha llegado al colmo de la exaltación. En fin, tiende los brazos apara abrazar todos sus deseos...y su amante la abandona.
Mírala delante de un abismo, inmóvil, demente: una noche profunda le rodea; no hay horizonte, no hay consuelo, no hay esperanza: la abandona el que era su vida. No ve el inmenso mundo que tiene delante ni los numerosos amigos que podrían hacerle olvidar lo que ha perdido; se siente aislada, abandonada de todo el universo, y ciega, acongojada por el horrible martirio de su corazón, para huir de sus angustias se entrega a la muerte, que todo lo devora. Alberto, ésta es la historia de muchos. ¡Ah!...¿no es éste el mismo caso de una enfermedad? La naturaleza no encuentra ningún medio para salir del laberinto de fuerzas revueltas y contrarias que la agitan, y entonces es preciso morir. Infeliz del que lo sepa y diga: «¡Insensata!, si hubiera esperado, si hubiera dejado obrar al tiempo, la desesperación, trocada en calma, hubiera encontrado otro hombre que la consolase.» Esto es lo mismo que decir: «¡Loca! ¡Morir de una fiebre! Si hubiera esperado a recobrar sus fuerzas, a que se purificasen los malos humores, a que cediera el arrebato de su sangre, todo se hubiera arreglado y todavía viviría...

12 de Agosto - Werther (Extracto)
J.W. Goethe, 1771

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jueves, 25 de septiembre de 2008

CARTA A LA DULCE JUVENTUD


A ti, mi querida polilla de farol, mi carreteada zapatilla cesante. A la verde juventud universitaria, que escribe su testimonio con la llamarada de una molotov que tisa de rabia el cemento. A los encapuchados del Arcis, de la Chile, de tantas aulas tomadas en la justa demanda de querer estudiar sin trabas económicas, sin la monserga odiosa del crédito, del recargo, de la deuda y el pago. Como si no bastara con quemarte las pestañas dándole al estudio los mejores años de tu vida, para después titularte de neurótico vagoneta. Como si no bastara tu dedicación, tu sincera dedicación, cuando te humea el mate toda la noche, hasta la madrugada leyendo, dejando de lado ese carrete bacán que chispearía de pasión tu noche de fiesta. Tu gran noche, pendejo, donde chorrearían las cervezas y un aire mariguano pintaría de azul el vaho de la música. Como si no bastara con todas las negaciones que te dio la vida, cuando postulaste a esa universidad privada y el «tanto tienes, tanto vales» del mercado académico te dijo: «Tú no eres de aquí, Conchalí, —No te alcanza, Barrancas, —A otro carrusel, Pudahuel, — A La U. del Estado, Lo Prado.»
Así no más, mi bella chica artesa que ya se las vivió todas de un trago, y en ese salud el futuro se derramó de golpe. Vino el embarazo y la bronca de tu viejo preguntándote de quién era el crío. Y qué te ibas a acordar si esa noche en la disco todos los locos tenían la misma cara de fiebre. La única que no te dijo nada fue tu vieja, quien te brindó su apoyo, valioso, pero inútil a la hora de pagar quinientas lucas por el aborto. Y ahí está el niño ahora, y tú lo amas como a nadie, y qué culpa tiene él, y qué culpa tienes tú también de abandonar tus sueños de progreso, de realización profesional a cambio de este papel de niña-madre. Adiós, mi chiquilla, a ese porvenir, que tan temprano canceló tus ilusiones gota a gota con la urgencia parturienta. Y, al final, como tantas chicas de la población, te ves hojeando el diario, buscando pega en un topless, en los cafés para varones, o en las casas de masajes que abundan en la oferta laboral de la prostituída demanda. Y eso fue todo, allí se acabó el cuento de la dulce princesita descarriada.
A tantos pendejuelos rockeros, raperos, metaleros, hip-hoperos, que despliegan su estéti ca bastarda coloreando esta urbe infame con su melenada tornasol. A ellos, por su espectáculo de vida impertinente. Por sus desvíos, por sus tocatas donde el minuto bullanguero de eléctrico rocanroll, también equivale a un minuto de silencio. Por ese silencio, cuando llegas a tu casa, pateando piedras», «puteando piedras», porque lo único que te espera es la tele prendida cacareando su mentira oficial. Para ti, mi Johny Caucamán, mi Matías Quilaleo, mi Rodrigo Lafquén; bellos ejemplares de la raza mapuche que en Santiago rapean su guillatún-tecno. Por esa fiereza de indio punky, pelo tieso. Por su indomable juventud, que desde acá, apoyan con el corazón encendido las movilizaciones de Ralco, el Biobío, y putean en mapudungun chicano por sus hermanos presos.
Para usted, joven barrista, que escucha desconfiado el palabreo de esta prédica. Tal vez para reforzar la sospecha de su espíritu futbolero que se expresa clandestino en los códigos del graffiti, del espray en mano, de la letra puntuda narrando en las paredes la flecha anarca de su descontento. Quisiera prometerle que la ciudad sería una pizarra para usted solo, y que en sus paredes, usted podría expresar libre esa gramática lunfarda que lo apasiona. Quisiera decirle que nunca más la bota policial limpiará su mierda de «orden y patria» en sus nalgas rebeldes. Podría ofrecerle tantas cosas, tantas esperanzas que muchos guardamos con impotencia en el lado zurdo del amor. Pero usted sabe más que yo de las promesas incumplidas, del apaleo de la repre, y del canto frustrado de su esquina pastabasera, de su cancha de fútbol y las tardes tristes, ociosas, peloteando. Usted lo vivió, lo supo o le contaron lo que ocurrió en su paisito. Por eso, usted sabe mejor que nadie que el sermón monaguillo de la derecha fue y será para el Chile pobre un epitafio de tumba.
No le ofrezco el cielo, porque sé que los ángeles le aburren. Tampoco un carrete interminable, porque el bolsillo roto de la izquierda no da para tanto. Tal vez, en esta carta, podamos imaginar un sitio digno donde respirar libertad, justicia y oportunidades sin besarle el culo a nadie. Quizás, soñar otro país, donde el reclutamiento sea voluntario, y usted no se sienta menos patriota por negarse a empuñar la criminalidad de esas armas. Sería un bello país, ¿no cree? Un largo país, como un gran pañuelo de alba cordillera para enjugarle al ayer la impunidad de sus lágrimas. Un hermoso país, como una inmensa sábana de sexo tierno que también sirva para secarle a usted su sudor de mochilero patiperro. ¿Qué me dice? Nos embarcamos en el sueño.


PEDRO LEMEBEL, 2006.
http://lemebel.blogspot.com/
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