sábado, 21 de junio de 2008

Nuestros tiempos: Sobreracionalización


Llegamos a estos tiempos con una sobrevaloración y sobresaturación del aspecto racional y ha surgido un tipo humano que vive desde la estrecha franja de la razón, que ahoga represivamente los demás ámbitos de sí mismo: los mensajes del cuerpo, la sensitividad, la emoción, el Alma. La persona sobreracionalizada se ha "enfríado" tanto por el uso excesivo de la lógica que reprime el llamado de lo que está "más allá" -más allá de la muerte, más allá de lo visible, más allá de lo evidente- y simplemente niega todo lo que no sea lógica empírica, ignorando que para conectarse con otros ámbitos de la existencia es preciso agregar otras facultades, como la sensorialidad y la Intuición.
Incluso podríamos decir que este es el ideal del tipo que llamamos "civilizado", una persona que vive desde la razón, altamente individualizado, escéptico y agnóstico, con una imagen narcisita que le hace verse como muy inteligente, intelectual o hábil en el mundo de los negocios y desde ahí defensivo y competitivo por expandir su metro cuadrado de poder, con un ego de foronteras tan duras que le cuesta vincularse con los otros, con quienes mantiene una distancia "políticamente correcta"; con la emoción sobrecontrolada, por lo cual la ligazón sensible con el mundo se le hace difícil. De allí que haya un cierto descreÍmiento y desencanto, una desconexión con el dolor que es rápidamente negado y reprimido; pero también con el goce de vivir, con Eros, con la corporalidad. Un ser humano que al observar el cielo de noche puede disertar acerca de la historia del universo, los nombres de las constelaciones, la distancia en años luz de las galaxias más cercanas, los hoyos negros, la energía oscura; pero que es incapaz de vibrar con el misterio, con la intuición de Totalidad y armonía.

DE LA CULTURA DEL EGO A LA CULTURA DEL ALMA (Extracto)
PATRICIA MAY(2007)
Siga leyendo aquí (Recomendado)...

martes, 3 de junio de 2008

Reunión

Nada podía andar peor, pero al menos ya no estábamos en la maldita lancha, entre vómitos y golpes de mar y pedazos de galleta mojada, entre ametralladoras y babas, hechos un asco, consolándonos cuando podíamos con el poco tabaco que se conservaba seco porque Luis (que no se llamaba Luis, pero habíamos jurado no acordarnos de nuestros nombres hasta que llegara el día) había tenido la buena idea de meterlo en una caja de lata que abríamos con más cuidado que si estuviera llena de escorpiones. Pero qué tabaco ni tragos de ron en esa condenada lancha, bamboleándose cinco días como una tortuga borracha, haciéndole frente a un norte que la cacheteaba sin lástima, y ola va y ola viene, los baldes despellejándonos las manos, yo con un asma del demonio y medio mundo enfermo, doblándose para vomitar como si fueran a partirse por la mitad. Hasta Luis, la segunda noche, una bilis verde que le sacó las ganas de reírse, entre eso y el norte que no nos dejaba ver el faro de Cabo Cruz, un desastre que nadie se había imaginado; y llamarle a eso un expedición de desembarco era como para seguir vomitando pero de pura tristeza. En fin, cualquier cosa con tal de dejar atrás la lancha, cualquier cosa aunque fuera lo que nos esperaba en tierra –pero sabíamos que nos estaba esperando y por eso no importaba tanto–, el tiempo que se compone justamente en el peor momento y zas la avioneta de reconocimiento, nada que hacerle, a vadear la ciénaga o lo que fuera con el agua hasta las costillas buscando el abrigo de los sucios pastizales, de los mangles, y yo como un idiota con mi pulverizador de adrenalina para poder seguir adelante, con Roberto que me llevaba el Springfield para ayudarme a vadear mejor la ciénaga (si era una ciénaga, porque a muchos ya se nos había ocurrido que a lo mejor habíamos errado el rumbo y que en vez de tierra firme habíamos hecho la estupidez de largarnos en algún cayo fangoso dentro del mar, a veinte millas de la isla...); y todo así, mal pensado y peor dicho, en una continua confusión de actos y nociones, una mezcla de alegría inexplicable y de rabia contra la maldita vida que nos estaban dando los aviones y lo que nos esperaba del lado de la carretera si llegábamos alguna vez, si estábamos en una ciénaga de la costa y no dando vueltas como alelados en un circo de barro y de total fracaso para diversión del babuino en su Palacio.
Reunión (Extracto)
Todos Los Fuegos El Fuego, 1966
Julio Cortázar
Siga leyendo aquí (Recomendado)...